
El político y el ciudadano son como un paraboloide hiperbólico, tienen su punto de silla. Ese punto de equilibrio inestable en el que una función, en una dirección crece y en otra decrece. Máximos y mínimos en el bienestar de uno y otro. El político, que promete el cielo, siempre se queda con él, lo hace suyo y lo disfruta. El ciudadano, ingenuo, o tonto de escaparate, según se mire, padece con su crisis a cuestas y sus malabarismos, no solo a final de mes, sino durante todos sus interminables días. Y hace buena la frase de Benjamin Constant “ El género humano ha nacido tonto y está manejado por bribones, es la norma…”


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